La colección de arte que cambió el patrimonio de México

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¿Qué convierte a una colección privada en patrimonio de un país? La respuesta está en las obras, pero también en la visión capaz de reunirlas, protegerlas y mantenerlas vivas durante generaciones.

En 1943, el productor cinematográfico Jacques Gelman encargó a Diego Rivera un retrato de su esposa, Natasha. Aquella obra marcó el inicio de una colección que, con el tiempo, reuniría algunas de las expresiones más relevantes del arte mexicano del siglo XX.

El acervo incorporó piezas de Frida Kahlo, Diego Rivera, José Clemente Orozco y David Alfaro Siqueiros, junto con una selección europea vinculada con Pablo Picasso, Salvador Dalí, Joan Miró y Henri Matisse.

El núcleo más singular está formado por las obras de Frida Kahlo, entre ellas “La novia que se espanta de ver la vida abierta” y varios retratos de Natasha Gelman. Su valor va más allá del mercado: estas piezas construyen una narrativa sobre identidad, modernidad y memoria cultural.

Tras décadas de itinerancia internacional y exhibiciones en museos de prestigio, la colección confirma que el arte también puede convertirse en un activo estratégico: preserva identidad, genera valor y proyecta la cultura mexicana frente al mundo.

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