México: más que tres sedes

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Por Francisco Javier González@fjg_td

Por Francisco Javier González @fjg_td

RUMBO AL MUNDIAL

El Mundial de 2026 tiene la gran posibilidad de lanzar dos poderosos mensajes. Uno, hacia el mundo entero. El otro, hacia el interior de los propios límites mexicanos.

El futbol es un deporte con superpoderes. Difícil es encontrar alguna parte en los confines de la tierra en que no sea celebrado, jugado, visto o al menos conocido.

Que México organice un tercer Mundial es además de una distinción, una posibilidad de ser admirado.

Ese primer mensaje al planeta es el de levantar la mano y recordar no solamente que estamos vivos, sino también que formamos un país rico y ejemplar en muchos sentidos. Un lugar que vive con sus problemas pero que no se rinde ante la búsqueda de soluciones. Que tiene mucho más bueno que malo. Que se polariza, pero se reúne. Y que lanza la invitación a todos para visitarlo, conocerlo, saborearlo y ser partícipes de una Copa del mundo, que también se celebrará fuera de tres estadios que albergarán 14 partidos.

El segundo, hacia nosotros mismos, para reafirmar lo que somos. Contradictorios pero unidos. Desconfiados pero cálidos. Escépticos pero esperanzados.

Como hoy evocamos a Pelé, a Maradona y a sus gestas en el Azteca, a Platini o al gol de Negrete contra Bulgaria, mañana podremos hablar de los genios del balón que llegarán a México en 2026. Historias que también pasarán por el Estadio Azteca, el moderno estadio de Monterrey y el recinto de Guadalajara, tres sedes que volverán a colocar al país en el mapa del futbol mundial. Los boletos serán limitados y los estadios tienen un número definido de asientos, pero vivir un Mundial no ocurre únicamente dentro de sus gradas. También sucede en las calles, en las pantallas compartidas y en la emoción colectiva que recorre un país entero.

Descubre más en la edición de Elite Business, este recorrido permite entender por qué el Mundial de 2026 puede significar mucho más que partidos y estadios: una historia que conecta recuerdos, ciudades y también aquella pequeña cancha perdida en la selva del Amazonas, donde un niño corre detrás del balón con la misma ilusión que se verá en los grandes escenarios del futbol mundial.

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