Los diamantes más grandes del mundo llegan en bruto a una sola casa.

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Cuando aparece un diamante en bruto de más de cien quilates, la subasta pública casi nunca es su destino. Suele viajar directamente al taller de una casa británica que lo compra antes de que el mercado lo mire. Graff opera bajo esa lógica desde hace más de medio siglo: en 2016 adquirió el Lesedi La Rona, de 1.109 quilates, por 53 millones de dólares; poco después se llevó el Meya Prosperity, de 476 quilates, por 16.5 millones.

La estrategia se sostiene en controlar cada etapa de la cadena, desde la cantera hasta el mostrador. Los gemólogos evalúan durante meses la geometría interna de cada piedra para determinar el corte que maximice pureza, color y peso final. El proceso puede tardar años.

El argumento comercial vive en la exclusividad del acceso a estas piedras preciosas, las más grandes del planeta, un privilegio que ningún competidor ha replicado en el mismo tiempo.

Al integrar la extracción de la piedra con el corte, el pulido y su venta bajo un solo techo, la casa fundada por Laurence Graff eliminó a los intermediarios que dictan precio en el mercado tradicional. El cliente final compra una piedra cuya trazabilidad está bajo control absoluto de una sola marca desde la mina.

En un mercado donde el diamante enfrenta cuestionamientos de origen y competencia de piedras sintéticas, la trazabilidad verificable se convierte en la principal fuente de valor comercial de la joya, y es lo que sostiene el precio de las piezas de Graff frente a cualquier alternativa del segmento.

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